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Internet entre Ícaro y Dédalo
Roberto Hernández Montoya*  09.06.00 06:29 p.m.

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Entre 1811 y 1816 un personaje probablemente mítico llamado Ned (o King) Ludd inspiró a los obreros de Nottinghamshire, Inglaterra, la destrucción de máquinas textiles. Según ellos, esos aparejos producían desempleo y bajos salarios. Terminaron sometidos a una orgía de ejecuciones públicas que restablecieron el buen orden inglés. Desde entonces la palabra inglesa Luddite designa a quienes atribuyen a la tecnología de todos los males, especialmente de los que no son ciertos.

Poco más de un siglo después, J.B.S. Haldane, biólogo y marxista él, y Bertrand Russell, lógico y pacifista él, sostuvieron una polémica que aún conserva su actualidad. En su panfleto Daedalus or the Future of Science Haldane declamaba que la tecnología nos conduciría a un porvenir de riquezas y placer para chicos y grandes. Al año siguiente Russell respondió con Icarus or the Future of Science; también está en Monte Ávila, con excelente traducción y presentación de Juan Nuño.
Russell recomendaba ser más precavido, como luego lo demostraron las bombas de Hiroshima y Nagasaki y la contaminación ambiental, para no hablar de las armas químicas y de las matanzas masivas con que la tecnología del siglo XX intentó despoblar el mundo. La ciencia y la tecnología no lograron ese despoblamiento porque ellas mismas provocaron las condiciones de profilaxis que permitieron la proliferación masiva, especialmente de gente pobre, que por procrear tanta prole se llama precisamente proletaria. Haldane estaba inspirado por Dédalo, que inventó el modo de volar. Russell estaba inspirado por Ícaro, el hijo de Dédalo. Ícaro abusó del invento de Dédalo y se desplomó a tierra cuando por soberbia quiso alcanzar el Sol, que derritió la cera que unía las alas a sus brazos.

La matanza y proliferación de gente a que conducen la ciencia y la tecnología nos advierten precisamente que más vale eludir extremos como el ludismo y el cientificismo acrítico. El acriticismo en general produce monstruos. La falta de crítica a la Fe Verdadera y a ciertas convicciones "científicas" produjeron Inquisición, Gulag y campos de exterminio nazis. Pero al mismo tiempo el exceso de crítica por parte de esas doctrinas a sus manifestaciones contrarias produjo horrores de los que debiéramos aprender algo.

No es fácil aprender. No aprendió Theodore John Kaczynski, llamado Unabomber, ex profe-sor de matemática de la Universidad de California en Berkeley. Entre 1978 y 1995 estimó que su crítica de la sociedad industrial justificaba matar. Para ese noble fin remitió varias bombas, muy admiradas por su ingenio tecnológico. En 1995 chantajeó al New York Times y al Washington Post para que publicaran su famoso manifiesto La sociedad industrial y su futuro, que ahora campea por Internet. Hoy Kaczynski se encuentra detenido luego de casi dos décadas de persecución inservible. Se ha negado a alegar locura como defensa. Su enfrentamiento con la sociedad industrial va en serio. Como es serísimo su brillante cuan trágico manifiesto.

Es en ese contexto en donde, me parece, se ubica el análisis del sociólogo complutense Enrique Gil Calvo, publicado en este Papel Literario el sábado pasado. Gil es un ludita, que se regocija por la caída del índice bursátil de la inversión en nuevas tecnologías y por los aprietos de Microsoft, que desabotonaron esa caída. Luego de admitir que Internet es "un medio de comunicación que va a potenciar sobremanera la densidad de los intercambios al reducir sus costes de transacción", cae en afirmaciones irracionales como que "lo único que pretende Internet es ganar dinero al estilo de Disneylandia, vendiendo hasta oscurantismo si hace falta". Afirmaciones así desalientan la discusión, porque se ve uno obligado a recitar el ABC a personas ya creciditas. ¿Lo único que pretende Internet es ganar dinero? ¡Vamos, don Gil! Apenas unas líneas antes dice que Internet también "va a potenciar sobremanera la densidad de los intercambios al reducir sus costes de transacción". ¿En qué quedamos? A contradicciones así conducen los argumentos histéricos.

Lo que más me preocupa de Internet es mi optimismo, porque si estoy equivocado pudiera ser por algo bien grueso. El mundo es más complejo que como lo ve don Gil. Doy un ejemplo: más grave que el monopolio de Microsoft es el nuevo supermonopolio America On Line-Warner, que recubre no solo la producción sino el consumo de toda clase de contenidos. Incluye publicaciones impresas, televisión, noticieros, cine, radio, equipos deportivos, fibra óptica, programas de com-putación, el servicio de Internet más poblado del mundo (AOL, calculado en más de veinte millo-nes de internautas), etc. Aquellos personajes de Verne que querían dominar el mundo quedaron para asustar a niñitos de otra época. Los de hoy han visto y verán ambiciones peores y para col-mo satisfechas.

Que yo sepa, Internet es la única institución anárquica exitosa de la historia. En sus primeros tiempos excluía el lucro con grave gesto. No era ético hacerse rico por un medio subsidiado por los estados. Internet fue invención militar invadida luego por los académicos y últimamente por el comercio. El acuerdo America On Line-Warner acaba con esa primera etapa inocente, en que lo más malicioso era alguna chica desarropada y alguno que otro regodeo sexual original. De resto In-ternet vivía en una escala grande y pequeña al mismo tiempo, en donde cualquier persona (eso era lo pequeño) podía concurrir con su sitio Web donde atestiguar su visión del mundo ante el mundo (eso era lo grande). Eso sigue existiendo, pero al margen del torrente de los grandes medios, que violan uno de los principios esenciales de Internet: la interactividad. Salvo el teléfono y el telégra-fo, los grandes medios habían impuesto la comunicación unilateral. El cine, la radio y la televisión son unilaterales y despóticos: de pocos hacia muchos. El teléfono solo permitía la comunicación entre dos personas o a lo sumo entre unas pocas. No se puede hablar a millones por teléfono. El telégrafo sufre de limitaciones similares. Internet recupera para los grandes medios la capacidad que tiene la comunicación oral de persona a persona: la interactividad. Internet permite responder. O lo impide. Hablas a la humanidad por Internet. La humanidad te habla por Internet. Eres ángel en Internet porque no estás atada a tu cuerpo; tu mente puede producir las identidades más dispa-ratadas y nadie puede torturarte por sostener ideas contrarias a tu gobierno. En Internet nadie sa-be de ti sino lo que quieres que se sepa. Eso asegura una libertad que nunca antes conoció la histo-ria humana.

Son estas algunas tendencias sobre las que cabe meditar para afianzarlas o resistirlas, según convenga. Como ves, son mucho más prometedoras unas y amenazantes otras que las mentadas por Gil. Él ve en Internet una manifestación del neoliberalismo, que es tanto como decir que los éxitos de la política económica de Clinton están ligados a su gusto por las gorditas y los habanos. El hecho de que haya neoliberalismo en la misma época en que hay Internet es una coincidencia. De otro modo el subcomandante Marcos hasta Fidel no estarían en Internet junto con Microsoft. Tampoco me parecen plausibles las explicaciones del profesor Gil para el éxito de Internet en los Estados Unidos y su "considerable retraso" en Europa: el gusto yanqui por las asociaciones y su necesidad de la venta por correo en comunidades aisladas en vastos territorios. Eso es verdad, pero no es toda la verdad. El argumento de Gil es agudo, su único defecto es que es falso: los países donde Internet ha tenido más éxito son precisamente europeos, con Finlandia a la cabeza, la nación de mayor densidad de internautas, mucho más que los Estados Unidos. Para 2002 el comercio electrónico europeo superará al gringo.

Un martillo es un instrumento útil, pero también se puede hacer daño con un martillo. Eso no debiera, sin embargo, conducir a prohibir el uso de martillos, como proponen los luditas. Hay que intentar recuperar el equilibrio. En Internet está todo lo bueno y todo lo malo. En Internet está, pues, la humanidad.

Roberto Hernández Montoya en La BitBlioteca
* Autor de Breve teoría de Internet

 


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